100 días de odio en Ruanda

Juan A. Flores Romero
El pasado año se cumplían 25 años del genocidio de Ruanda. Esta palabra cobró fuerza cuando tras la II Guerra Mundial el mundo se enfrentaba al asesinato en masa de seis millones de judíos en las cámaras de gas de media Europa y se horrorizaba al conocer los miles y miles de cadáveres que habían dejado los nazis a lo largo y ancho de su conquista en Europa. Otras etnias que sufrieron el asesinato masivo en el sangriento siglo XX fueron los gitanos y ciertos pueblos eslavos. Ya a comienzos del siglo pasado, los turcos se encargaron del asesinato masivo de armenios y entre los siglos XVII y XIX los colonos ingleses -después norteamericanos- barrieron el suelo de tribus autóctonas que solo buscaban una coexistencia pacífica con los nuevos ocupantes. Desde entonces muchos fueron los intentos de aniquilación de unos pueblos por otros. La limpieza étnica fue una expresión que pudimos escuchar tristemente en la guerra de la exYugoslavia.
Pero solo unos años después del inicio de ese conflicto en Europa un accidente aéreo del presidente de Ruanda, provocado por el impacto de un misil, desencadenó un odio larvado entre las dos poblaciones mayoritarias de Ruanda. Los hutus y los tutsis. Estos últimos -minoritarios respecto a los primeros- eran acusados de pertenecer a una clase social más acomodada e influyente, protegidos por las potencias occidentales. La rivalidad interétnica hizo que la convivencia del país saltara por los aires. En unos 100 días, desde abril a julio de 1994, 800.000 tutsis murieron a machetazos a manos de los hutus. Fue un crimen organizado y ejecutado sistemáticamente. Las víctimas lo fueron únicamente por pertenecer a la etnia rival o enfrentarse a los agresores. Solo un 25% de los miembros de la etnia tutsi sobrevivió. También murieron muchos hutus moderados en esta carnicería. La victoria militar del Frente Patriótico Ruandés, liderado por la etnia tutsi, ayudado por potencias extranjeras, consigue tomar el poder y entrar en Kigali, dando por terminado el conflicto civil.
El resultado de este genocidio fue un país sembrado de cadáveres, una población destrozada por el odio y unos dos millones de personas enjuiciadas por crímenes de guerra. El tiempo hizo que las aguas volviesen a su cauce y se cerrasen las heridas abiertas por estos crímenes de odio. Actualmente, hay víctimas del conflicto que han rehecho sus vidas con personas de la etnia rival -viudas tutsi casadas nuevamente con hutus- y el país se ha volcado en el recuerdo de esta atrocidad para que nunca se vuelva a repetir. Los juicios de Nuremberg de 1946 sirvieron para lo mismo: depuración de responsabilidades al más alto nivel y normalización de una vida que había sido violentada por años de injusticias y persecución contra etnias indeseables.

El problema que tiene África en la era del poscolonialismo es que muchos estados están compuestos por tribus rivales, que se disputan el poder. Fue el precio a pagar después de la descolonización iniciada en los años 50 en un continente en el que etnias rivales se disputan el control de las materias primas, del acceso al agua y del propio poder político. Este conflicto resuelto dejó prácticamente un millón de muertos y un país tocado por la pobreza, el SIDA y el analfabetismo. En el país, aproximadamente la mitad de la población vive en los umbrales de la pobreza y las desigualdades siguen siendo un signo de identidad entre sus habitantes. Ruanda ha sabido sacar la lección de su pasado, ha decidido recuperarlo para que no vuelva a suceder. El país vive aún con la memoria de los luctuosos hechos de 1994 pero ha decidido, a pesar de sus problemas, poner rumbo a un futuro mejor.