Bukowski y la pesadilla del sueño americano

19.07.2019

Juan A. Flores Romero

   No puedo ocultar mi admiración por una sociedad surgida de los rescoldos de otra mucho más antigua y de la que apenas quedan vestigios. Muchos siglos han pasado desde la llegada de los primeros colonos a los Estados Unidos, soñando con una vida mejor, con nuevas oportunidades. Eran demasiados los que huían de un pasado, los que ponían pies en polvorosa por obra y gracia de las persecuciones religiosas. Y, poco a poco, fue surgiendo aquel conglomerado de nacionalidades, de culturas, que se fueron asentando en espacios muy concretos, que optaron por comprar a los indígenas algunos territorios por un puñado de dólares. Sí, que se lo digan a los indios que poblaban Manhattan o las montañas de Seattle. Y luego vino la industrialización y las ansias de libertad, y la lucha de dos modelos antagónicos pero manejados por una élite que pugnaba por hacerse con el control de una nueva nación. Y así conquistaron el Oeste y levantaron Las Vegas y llenaron el desierto de secretos y soñaron con naves espaciales y con marcianos congelados -o conservados en almíbar- en el área 51. Y fortalecieron el negocio del cine; y fueron muchos los que triunfaron y millones los que fracasaron. Y fueron ellos, los fracasados, los que llenaron los cementerios yanquis con estelas sencillas, con inscripciones lapidarias que ya nadie recuerda. El éxito y el fracaso se mezclan en una sociedad que se ha dado a conocer por sus bulevares, por sus avenidas, por sus centros comerciales, por sus monumentos, por sus festivales de cine, por sus atractivos naturales, por sus teorías conspiranoicas, por su ensordecedora música jazz, por las cruces cremadas del Ku Klux Klan. Y el turista piensa que Estados Unidos es solo eso. No se da cuenta, o tal vez sí, de que tres cuartas partes del país conviven con el miedo, con el fracaso, con la desilusión de tener poco más que una bandera colgando del porche de casa. Pero ahí están, enviando a sus hijos a las peores universidades, o a las mejores guerras, soñando con tener un puesto de trabajo, aprendiendo a odiar al chicano que les va a arrebatar su puesto de lavaplatos en un McDonalds. Henry Chinaski fue el alter ego de Charles Bukowski; puede que no os diga nada pero ambos son el agujero negro de una sociedad sustentada en el sueño de un éxito sin fin. Puede que para algunos lectores, Bukowski resulte un autor desagradable, burdo, pornográfico, zafio,... pero representa como pocos el ADN del perdedor americano. Estoy releyendo "La senda del perdedor", una metáfora de la pesadilla americana. Ese niño que crece en un ambiente de malos tratos, superviviente de las peores escuelas, con padres perdedores que no admiten estar sin empleo, que aparentan ante sus vecinos que tienen puestos de trabajo prestigiosos, pero que viven en la más asombrosa de las miserias, con el alcohol y la violencia instalados en su día a día. Chicos que han crecido en entornos conflictivos, que han luchado por hacerse hueco en la pequeña sociedad de su barrio, a base de mamporrazos, de dolor, de engaño; haciéndose pequeños mayores y tomando ejemplo de esos padres que nunca tuvieron nada en la vida.

   En las líneas prosaicas de "La senda del perdedor" aparece con toda su crudeza esa sociedad del fracaso, esas antípodas del sueño americano, encarnado en la Quinta Avenida, en la Estatua de la Libertad, en el Capitolio, en el Monte Rushmore o en el Puente de San Francisco. Bukowski nos acerca desde la desnudez que ofrece un relato sincero a una sociedad porosa en la que puedes mancharte fácilmente, en la que eres presa de los carroñeros que son conscientes de tu debilidad. Es esa sociedad, pues, que siente admiración por el fuerte, que alardea de cierto conservadurismo, pero que se ceba con el débil, porque entiende que si hay alguien por debajo de mí puedo sentirme fuerte, puedo levantarme cada día con una meta por la que vivir.

   Charles Bukowski fue un genio comprendido por pocos aunque alcanzó cierta fama en vida; no obstante se granjeó entre muchos esa fama de autor maldito, borracho y vividor. Nos habló de su infancia y juventud en los años convulsos de la II Guerra Mundial, cuando Europa se debatía en un incierto conflicto que en la otra orilla no acababan de entender muy bien. Pero siempre tuvo claro el deseo de ser escritor en una época en la que, como apunta en su novela "La senda del perdedor", "el beber era lo único que evitaba que un hombre se sintiera desplazado e inútil". También tenía muy claro que un escritor es alguien que tiene deseos de comunicar, que tiene algo que decir a sus semejantes. Así lo expresó en la obra anteriormente citada: "dale a un hombre una máquina de escribir y se convierte en escritor".

   Bajo las cenizas del sueño americano, en esa sociedad de fracasados pero envuelta en el elixir del éxito, deambulan millones de Bukowskis o de Chinaskis (su alter ego), con una pasado marcado por infancias rotas, por abusos en el seno de sus familias, por una sensación de fracaso que se mezcla con el orgullo de pertenecer a una nación que les hace seguir soñando con un futuro plagado de barras y estrellas.

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