De obispo de Bari a icono de Coca Cola

Juan A. Flores Romero
En muchos países del mundo se ha popularizado la visita de papá Noel o Santa Claus en la fría noche de Navidad, con un trineo supersónico y ecológico tirado por renos voladores, que ni siquiera necesita parar para repostar o comprar una barra de Toblerone (es la ruina del imperio petrolífero y de los minimarket de gasolinera, por cierto).
Hemos interiorizado que el algún lugar del Polo Norte vive en su luminosa cabaña llena de bombillas "led", ese viejo gordo y sonrosado que hace la delicia de los niños y al que mi hijo, Álvaro, aún ansía conocer atravesando la frías nieves más allá del Círculo Polar Ártico. El cine de sobremesa, como le digo a mis alumnos, ha hecho mucho mal a la historia y demasiada mella en la infancia, huérfana de otros referentes como la literatura o el conocimiento de las tradiciones.
Pues bien, siento deciros que ese viejo gordo es en realidad un obispo de Bari, Nicolás, y que jamás fue un viejo gordo y sonrosado sino un señor más bien delgado que viste una especie de túnica con cruces y estrellas y que trae los regalos a los niños de los Países Bajos en la mágica noche de Navidad (¡lo que nos hubiésemos perdido si los holandeses no hubiesen llegado al Hudson en el siglo XVII, como ya descubrirás más adelante!).
Es posible que la historia comenzara con un padre que tiene que prostituir a sus tres hijas para sobrevivir (en principio, no es lo que nos habían contado). Nicolás de Bari, que se entera de esta lamentable situación, trepa por el tejado de la casa de esta familia y deja caer varias monedas que se introdujeron curiosamente dentro de las medias de lana de las chicas que las pusieron a secar cerca del fuego. Al despertar al día siguiente, pudieron comprobar que esas monedas iban a proporcionarles alimentos como para dejar de vender sus cuerpos (la historia nunca nos cuenta qué vino cuando se gastaron las monedas,... pero eso poco importa; la princesa se casa con el príncipe y siempre fueron felices y comieron perdices... porque los finales de las historias tienen ese toque de eternidad o de pedazo del paraíso perdido. Pero retomando la anécdota de las medias de lana, quizá de ahí viene la costumbre de dejar los calcetines para que "Santa" deje sus regalos o dulces. Es más que evidente.
Esta fiesta es adoptada por los Países Bajos y su origen puede remontarse al siglo IV. Recuerda la figura de este cándido San Nicolás -con mitra incorporada y a lomos de un caballo- que tanto bien hizo a sus feligreses. Como había que buscar un lugar de origen, ya que todos sabían que el obispo no era holandés, situaron a este personaje en España en vez de la helada Laponia que nos vendió Coca Cola en los años treinta del siglo XX. La fiesta, por cierto, fue adoptada en Nueva Amsterdam (que dio lugar a Nueva York) en el siglo XVII aunque su protagonista era mucho más delgado. El nombre de Santa Claus, en lugar del tradicional Sinter Klaas holandés fue obra y gracia del escritor Washington Irving que en su Historia de Nueva York, en el siglo XIX, inmortalizó su actual denominación posiblemente sin conocer su repercusión posterior.
El paralelismo con el viejo Santa es asombrosa. Los elfos del obeso bonachón son en realidad los Pedritos, ayudantes del obispo, y los renos desaparecen ya que el animal que acompaña al obispo es su caballo Ameriego.
El escritor de cuentos infantiles Frank Baum fue el que lo transformó, en 1902, en un anciano gordito y sonriente pero vestido de verde. Los ejemplares que vendió lo hicieron suficientemente popular, pero nada comparado con lo que llegó tras el crack del 29. En 1931, en plena transformación de la ciudad de Nueva York y de la marca Coca Cola -que había surgido en Atlanta en el siglo XIX-, llegó el personaje que la iba a inmortalizar -mucho más que Woody Allen y los yihadistas islámicos-: se trataba del nuevo, popular y archiconocido Santa Claus, diseñado por el creativo de Coca Cola, Haddon Sundbloom, con los populares colores de la marca. El resto ya pertenece a una suerte de posromanticismo yanqui que quiso situar al viejecito amigo de los niños en las alejadas y frías llanuras polares... y en todas las historias de Navidad de seriales y películas de proyección internacional.
En estas fechas, muchos niños siguen soñando con aquel personaje que por un día les va a dibujar una sonrisa en sus rostros. Los adultos hacemos números para poder pagar esas preciadas sonrisas. Tal vez sea buena idea poner a secar los calcetines junto a la chimenea. Por cierto, me trae más cuenta pasar esa noche mágica en alguna casa rural dotada de este preciado elemento y pensar que hay alguien lo suficientemente excéntrico como para subir al tejado y dejar caer un poco de su ebria humanidad.