Educar para el fracaso sin libro de recetas

Juan A. Flores Romero
Esta idea fue desarrollada por el psicólogo Albert Ellis (Low Frustration Tolerance) haciendo referencia a esa voluntad que tenemos los seres humanos de que todo salga según hemos planeado exigiendo, además, la inmediatez en los resultados. No se me olvida una frase que leí hace un tiempo y que recogí en algún cuaderno de notas: "la vida no es como tú quieres que sea; la vida es como es". Aún recuerdo la mirada de aquellos padres empeñados en limpiar los restos de baba de una niña tetrapléjica en un hospital de Madrid mientras la madre le dedicaba la mayor de las sonrisas y el padre leía la prensa con los ojos vidriosos. Ante ese panorama, la desgracia de uno tiende a minimizarse. Ante esa realidad cabe preguntarse que hay varias formas de asumir la realidad, la frustración y el duelo. Siempre tendemos a comparar nuestra vida con otras realidades de nuestro entorno. Factores como el éxito, la belleza, la popularidad,... siguen siendo los cánones absolutos que mueven el mundo. En el mundo laboral, esta pasión por el éxito (personal, económico, reputacional) también se traduce en un exceso de responsabilidades pudiendo esconder en el fondo una vida llena de angustia y de estrés.
La educación nos ofrece criterios estandarizados para saber qué es lo bello, lo bueno, lo apto,... generando en el educando una sensación de angustia. ¿Qué espera la vida de mí? ¿Se puede ser feliz sin que la vida espere nada de nadie? Alguien dijo que el mejor oficio es vivir. Pero, hay que vivir de algo... Lo que se nos olvida es que hay que vivir por algo, que es lo que da sentido a lo que hacemos, a lo que amamos, a lo que adquirimos con los billetes o monedas que llevamos en los bolsillos.
La sociedad nos lanza la idea de que hay que tenerlo todo bajo control. Cuando algún fleco se nos va de las manos entonces sufrimos, explotamos o no sabemos canalizar o interpretar aquello que ocurre. Yo me sentí así en alguna ocasión. Es el riesgo de un producto de esta sociedad que nos ofrece la visión de un mundo feliz: el perfeccionismo que nos lleva a confundir lo urgente con lo importante, lo anecdótico con lo sustancial. He aprendido mucho en los últimos tiempos sobre todo esto. El mejor oficio es vivir, insisto.
La educación recibida también tiene su importancia; el exceso de responsabilidad en la infancia puede marcar una vida en la que uno puede creerse el pilar de una familia, de un trabajo, de un proyecto o de la consolidación y permanencia de un grupo de buenos amigos que ponen mil excusas para no admitir que han pasado página en sus vidas.
El dolor, como dirían los budistas y el propio Albert Ellis, parte de la imperiosa necesidad de satisfacer los deseos y estos no tienen por qué ser personales, sino la voluntad se satisfacer a terceras personas, lo que genera un síndrome de bilocación, ubicuidad para poder llegar a todo.
Quién dijo que la vida ha de ser cómoda. No tiene por qué serlo. Quizá en esa comodidad se perderían los verdaderos alicientes que nos hacen sentirnos vivos. Nosotros solo somos humildes piezas de un engranaje y tan solo tenemos que cumplir con esa misión que nos hemos marcado para nuestro proyecto de vida.

El deseo no es igual a satisfacción. El deseo, por otra parte, desea nuevos deseos, nuevas angustias, nuevos anhelos; pero por otro lado es una forma de sentirnos vivos. Si un ser no desea es un ente estático o extático más cercano a la quietud que expresa una escultura de mármol. La misma sociedad de consumo en la que estamos inmersos nos ha creado estos retos. Necesitamos, pues, educar a nuestros hijos como sujetos críticos y selectivos. Sin embargo, los convertimos en seres aparentemente fuertes pero muy vulnerables, hacemos de abogados del diablo ante un profesor para pelearle hasta la última décima en un examen de "8,5", competimos por ver cuál de nuestros vástagos obtiene mejor calificación o es seleccionado mejor jugador del colegio. Nos quedamos en la superficie. ¿Ese alumno aprendió algo significativo durante ese curso? ¿Consiguió el mejor deportista los más altos estándares de sentido de la deportividad? Nos centramos en superar la mera tarea que no es la meta del aprendizaje. La educación bien entendida transforma el conocimiento en sabiduría, sin embargo, hay otra que tiende a mecanizar, a robotizar, a repetir patrones. Esa no sirve para crear personas críticas y creativas; tal vez serían muy útiles para aquel mundo serializado que soñó Aldous Huxley en su obra "Un mundo feliz", en la que cualquier desajuste o desacuerdo con el sistema se arreglaba con el soma, un antidepresivo que te hacía seguir consciente de validez del sistema.
En los últimos años, se está escuchando cada vez más el concepto de resiliencia. Éste fue desarrollado por la psicología a partir de las guerras mundiales, como un concepto que busca definir el grado de superación de situaciones complicadas tal y como hicieron Primo Levi o Víctor Frankl tras la experiencia de los campos de concentración nazis. Pero en eso consiste nada más y nada menos. En asumir un pasado, en fortalecerse durante el presente para nuevamente afrontar los retos futuros. Es la clave de cualquier terapia personal, para evitar recrearse en un pasado desgraciado que no nos es válido para resolver los problemas del presente ni para encarar los del futuro.
Luego está la mente, con sus tretas. Cualquier recuerdo almacenado en nuestro disco duro puede salir fortalecido ante una situación que le sirva de detonador. Un momento estresante puede hacer aflorar otras vivencias en las que la duda, el miedo o el cansancio fueron la pauta. Pero si entonces se halló una salida es posible que la mente disponga de nuevas fórmulas para hacernos levantar una y otra vez. En este caso, es imprescindible entender que no todo en la vida tiene por qué salir bien. Uno puede tener un tratamiento para la falta de sueño y no lograr reconciliarse con Morfeo en una semana. Hoy apenas he dormido tres horas. La desesperación se apodera de uno cuando estos episodios persisten a largo plazo y por causas oscuras, pero, en un momento dado, lo único que hay que asumir es que no todo sale como nosotros queremos, y que cualquier cosa en la vida lleva su tiempo y su ritmo.

Volvemos, por tanto, al concepto de resiliencia y de tolerancia al fracaso. Estos aspectos no son suficientemente cuidados en nuestros hijos. Sufrimos si no pueden realizar su actividad deportiva dominical; protegemos en exceso su mundo emocional, impidiendo que sean ellos mismos los que gestionen sus emociones. Nos empeñamos en intervenir en discusiones entre iguales, privándoles de la capacidad de gestionar sus propios conflictos. Nosotros solo somos ahí la autoridad, el orden, por si la cosa se va de manos. La realidad de un cerebro infantil no es la misma que la de un adulto pero determina su porvenir e influye claramente en esa vida adulta a la hora de gestionar emociones, responsabilidades, tareas,...
Una de las claves de éxito es entender que el niño, y por extensión el adulto, es un individuo único y que debe construir paulatinamente su "yo", con la guía y supervisión de los adultos pero entendiendo que cada sujeto tiene sus aptitudes y que esa realidad es buena puesto que la sociedad es plural y requiere individuos dotados de diversas destrezas. Hay excelentes trapecistas en el Circo del Sol o diestros actores en una compañía de teatro amateur, y pésimos directivos en empresas energéticas. ¿Quién es ahí el fracasado? El problema es que todo lo valoramos en términos de éxito económico, resistiéndonos a pensar que la sociedad no necesita individuos en serie. Es necesario, pues, derribar ese muro, ese modelo rígido que en ocasiones impone la familia, la escuela, el entorno o el propio sistema.
Educar no es formar una masa, es formar a cada uno de los individuos en particular, dotándoles de herramientas para sentirse válidos en la vida, en un escenario en el que el papel de la escuela va a tener un peso específico durante toda la vida de ese ser humano. La frustración ante este sistema queda reflejada en aquella canción de Fito y los Fitipaldis: "el maestro nada me enseñó, si es por esos libros nunca aprendo...".
Tenemos la necesidad de hacer de la educación algo útil para el fortalecimiento del individuo y no para una mera "serialización" de personas que pretendemos que hagan lo mismo en la vida. La tolerancia a la frustración comienza por una buena formación en valores.