El faro

Juan A. Flores Romero
Una fina lengua de agua se deslizaba sigilosamente sobre la arena, arrastrando minúsculos granitos hacia una pequeña ensenada repleta de piedrecitas negras. La luna levitaba sobre un cielo exento de nubes, ausente del calor que se llevara el astro rey por la zona de poniente. Un viento fresco desplazaba minúsculas miguitas de pan que un grupo de bañistas había dejado sobre la arena y que las despistadas gaviotas habían olvidado recoger como cada tarde. La noche llegaba lentamente sobre aquella playa y la luminosidad opaca de la tarde se veía arrastrada a los abismos de la noche. A lo lejos solo resplandecía la luz del faro, sobre un promontorio de roca. Allí el farero, como cada noche, controlaba el buen funcionamiento del mismo, igual que un abnegado relojero de palacio. La intensa luz que emitía la vidriera, situada entre el balcón y la cúpula, indicaba a los barcos la cercanía de la costa. Era una noche apacible. Solo un par de cangrejos se desplazaban lateralmente entre unas rocas alejadas unos metros de la costa.
En el interior de aquella oscura inmensidad se oyó un ruido metálico; se asemejaba a un ruido de cadenas, pero tan solo se divisaba otro pequeño punto de luz situado en una pequeña isla frente a la costa. Allí había naufragado un navío hacía ya demasiado tiempo. Decenas de marineros encontraron la muerte e incluso su capitán fue dado por desaparecido. Era una noche de noviembre y la tormenta más fuerte que se recordaba en años golpeó la costa. El barco zozobró y dio con el fondo del océano. Días más tarde, los equipos de rescate pusieron rumbo a la zona del naufragio. Ni rastro. Posiblemente el barco fuera arrastrado a una fosa bajo las bravas aguas que lo devoraron. A alguien se le ocurrió la idea de poner junto al faro una placa con el nombre de un capitán fantasma que fue dado por desaparecido junto con decenas de serviciales marineros. La noche seguía su curso y el faro emitía sus destellos de luz cuan latidos de corazón. Decían que el día que se destruyera el faro un potente temporal arrasaría la costa y borraría para siempre aquel paisaje de rocas y arena. Pero eso siempre son supercherías de paisanos demasiado acostumbrados a la monotonía.
La oscuridad ahuyentaba a los bañistas. Al fondo, bajo la sombra del faro, un grupo de jóvenes descansaba en pequeñas tiendas de campaña Quechua. Una pareja de enamorados paseaba por la orilla acompañados por el tímido destello de la luna sobre las pequeñas crestas que mostraban las olas. Quizá fuese un sueño. Aquellos dos cuerpos parecían fundirse con la luz, atrapados por la fuerza de unas olas que aparentemente mostraban una cara mansa. Tal vez los enamorados habían terminado sumergidos en el agua o tumbados sobre la arena, inmersos en un apasionado beso. Pero allí solo había dos cangrejos que transportaban entre sus pinzas trocitos de astillas. La pareja había sido devorada por el mar o más bien por el cansancio de alguien que salió a contemplar la infinita belleza de la costa en una tranquila noche de verano. En la lejanía se oyó otro ruido metálico. Justo en ese momento, un haz de luz cegó mi cara. Habría sido un destello del faro. Pude observar fielmente los rostros de dos enamorados que se fundían en un abrazo. Ruido prolongado. Pesadas cadenas, arrastrándose. Un pájaro rozó mi rostro y una suave mano parecía posarse sobre mi nuca. Noté un frío aterrador. El faro seguía allí, incólume. Ya no había luz. A lo lejos, una estructura comenzó a brotar de las vísceras del mar. Un gran chorro de agua emergió de los abismos. Mis pies, sobre la orilla, solo notaron un suave oleaje. Quizá aún no había llegado el momento de ser devorado por una enorme ola. Seguí notando aquella oscuridad que parecía envolverme, que me abrazaba con sus frías extremidades. Pude notar la ausencia de cualquier alma en aquella playa solitaria. El tiempo parecía detenido; un fuerte destello cruzó mi cara. La luz del faro me cegó. Pude ver un destello de peces sobre la epidermis del mar. Tal vez era una ilusión provocada por el exceso de luz. Las aguas se habían tranquilizado por un instante. A lo lejos surgió un violento chorro sobre el brillante manto de la noche. Cetáceos. Supuse que era alguna ballena. Dos cangrejos me rodearon en una danza cansina. Tal vez habían abandonado las rocas y querían regresar al mar. Otro fogonazo de luz. Ya estaba muy cerca del faro. Pude distinguir una sombra por una de las ventanas de aquella mole ideada para guiar a los marineros. Era una pareja que se besaba apasionadamente. La playa estaba desierta. En la lejanía pude ver cómo otro gran chorro de agua se proyectaba hacia el cielo. Algo brillaba cerca de unas pequeñas islas. Parecía un barco; desprendía un humo blanquecino. Parecía un navío centenario, aunque ya no se veían aquellos vapores navegando por aquellas aguas. Podía ser el viejo buque hundido hacía más de cien años. Pensé que era una tontería y decidí retornar a casa. Al volver la vista atrás, noté cómo dos siluetas se abrazaban. Era un beso apasionado. Sonaba a despedida. Estaban sobre la arena pero a medida que me acercaba parecían sumergirse poco a poco, como si fuesen devorados por el mar.