El lenguaje del miedo

15.08.2019

      Juan A. Flores Romero

   Existen personas que piensan que lo que no aparece en los telediarios no existe. Las redes sociales se encargan del resto: banalizar las informaciones, tergiversar los acontecimientos diarios, obviar lo realmente importante. Mientras tanto, celebramos éxitos deportivos que en cinco años ya no son sino recuerdos o ponemos atención a una declaración de un famoso que nunca va a tener ninguna repercusión en el mundo de la cultura, ni en nuestras vidas, ni en el mercado de valores, ni en lo que vamos a cenar esta noche. Sin embargo, actualmente vivimos una aluvión de noticias, de frases emperifolladas, de argumentos inconsistentes,... que nos están determinando preocupantemente en nuestro modo de pensar. Inmigrantes con móviles en la mano muestran que en las turbulentas aguas del Mediterráneo es más práctico un Huawei con GPS y cinco litros de agua que un trozo de pan y una caja de galletas. Pero la noticia es "los inmigrantes pueden vivir en sus países de origen, pero aquí se está mejor con móvil, Ipad y televisores de plasma". Por cierto, hay muchas personas que viven endeudadas hasta las cejas por querer tener un nivel de vida que no les corresponde; la única diferencia es que no han llegado en una lancha hinchable.

   Las travesías de muchos inmigrantes en el Mediterráneo duran días hasta que llegan a su destino o, en muchos casos, son avistados por embarcaciones de ONGs que actúan en las zonas de mayor tráfico de personas (amén de los miles de ellos que yacen en el fondo del mar). Nadie se ha planteado condenar a las mafias en los países de salida... pero también de entrada; sí, esas que explotan al inmigrante y lo utilizan como moneda de cambio, o como esclavas sexuales en clubes de alterne, o como arma electoral o simplemente como carnaza para rellenar contenidos en las redes sociales y alimentar así nuestra conciencia de buenos patriotas. Creo que nuestra sociedad está enferma de indiferencia. Esto ya lo hemos vivido en otras épocas y hoy nos extraña. Barcos obligados a volver a la miseria de la que partieron, personas huyendo de conflictos a las que negamos el más mínimo derecho de asilo. Pero luego vamos al cine para recrearnos con el dolor de otras épocas o asaltamos las bibliotecas públicas y las reservas de libros de Amazon buscando un ejemplar de Toni Morrison para identificarnos con el dolor de una sociedad sumida en el racismo de blancos contra negros en la América profunda. ¿Acaso no hacemos nosotros lo mismo con nuestra indiferencia o nuestros "likes"? Probablemente si no te identificas con mis palabras no seguirás leyendo. Creo que lo mejor es que no lo hagas, o dediques el tiempo a otra cosa o a tatuar de "likes" tu conciencia aletargada.


   Hemos dicho mil veces que no queremos esa carne humana venida del sur. Pero sí su petróleo, su gas natural, su coltán, sus diamantes, su oro,... Llevamos siglos expoliando sus bienes y armando diferentes facciones para que se maten entre sí mientras grandes multinacionales van arrasando con todos sus recursos sin apenas dejarles propina (los costes de extracción, la mano de obra, los derechos laborales y la inversión en la seguridad de sus trabajadores, son infinitamente menores que si esos mismos recursos estuvieran en nuestro suelo). Eso sí nos interesa; estamos expoliando países enteros con la letanía de la democracia, la seguridad y los derechos humanos. Por otra parte, toleramos el trabajo infantil, la trata de personas con fines de esclavitud laboral o sexual en países como Costa de Marfil, República Centroafricana, Nigeria, Congo o Angola, cuya característica común -aparte de poseer infinitos recursos naturales y energéticos en manos occidentales y chinas- es haber hecho gala de décadas de conflictos armados que han regado su suelo de sangre. Por cierto, las armas han sido vendidas descaradamente por países occidentales mientras condenábamos profundamente esos conflictos en foros internacionales en los que el almuerzo de cada uno de sus ponentes y asistentes puede costar más que un año de trabajo de un obrero en una mina de coltán. ¿Eso no nos escandaliza? ¿Cuál es el precio de la hipocresía?


   Si soñamos con un mundo justo tendríamos que cambiar el paradigma económico mundial. El capitalismo salvaje es un modelo agotado políticamente, energéticamente, medioambientalmente y humanamente. Es así, pero seguimos sin apartarnos de su sombra. ¿Estaríamos dispuestos a ayudar a los necesitados a gestionar sus recursos y a dejarlos en sus territorios de origen para que comercien con ellos? Si tu respuesta es afirmativa eres un inconsciente, pues tu bienestar y mi bienestar dependen precisamente de esa injusticia. Probablemente pocas personas estarían dispuestas a vivir en un mundo que irradiara justicia y proporcionalidad. Seguro que yo tampoco. Eso solo queda bien para una conferencia sobre Derechos Humanos o para un blog solidario. Tendríamos que pagar un coste demasiado elevado y es muy posible que muchos "tomaran las de Villadiego" y se fueran a "hacer las Américas" (en este caso incluimos África y gran parte de Asia).

   Luego nos extraña que vayan regando nuestras costas de huellas desnudas que van alejándose de la orilla mientras el mar va arrastrado los cuerpos de los que no tuvieron tanta suerte. La miseria existe y no se soluciona en los países de origen, sencillamente porque no interesa solucionarlo: ni a ellos ni a nosotros. Todo pasa por un cambio de modelo en las relaciones internacionales, económicas, financieras,... por una revisión del modelo capitalista surgido de Bretton Woods, después de la II Guerra Mundial, y que ha introducido a gran parte de la humanidad en la espiral del endeudamiento endémico.

   Los discursos xenófobos que alimentan las redes sociales solo son eso: sermones rebozados de verborrea para culpar al extranjero o al ajeno de los males que existen en un país. El desempleo, la corrupción, las drogas, la inseguridad,... no son responsabilidad de los que han llegado del otro lado del mar. Criminalizar al inmigrante es un craso error; mientras tanto, algunas opciones políticas viven de los réditos que les proporcionan estos discursos huecos, que buscan el aplauso fácil, discursos que no contienen propuesta de solución alguna que no pase por limpiar las calles de morenos indeseables. Se nos olvida que la mayor parte de los robos que vamos a sufrir en la vida van a venir de otras instancias y se podrían considerar "de guante blanco". Pero nuestro índice de tolerancia a este tipo de robos es escandalosamente alto. Hasta a los corruptos sentenciados en firme se les otorga el beneficio de la duda. Rara vez se les deja de llamar "don"... porque el poder es lo que tiene. Uno se dedica a expoliar fondos públicos y sigue siendo un respetable señor que llega a los juzgados con escolta privada y sin esposas. Pero si eres pobre, tendrás que soportar la áspera mano del agente en tu cuello mientras vas notando la fría caricia de los grilletes, aun cuando solo seas un "presunto culpable" o "un moreno que pasaba por allí".

   Por tanto, cuídate de creer todo lo que leas en redes sociales, ni te dejes impresionar por mensajes huecos, por letanías simplonas, por el lenguaje del miedo. Todo esto es lo que nos está corrompiendo como sociedad. Es el pan de los que pretenden vivir de ese discurso. La pobreza, el miedo, la incultura, la ignorancia... no entienden de color. Los asesinos, los violadores, los ladrones... no lo son por el tono de su piel ni por su nacionalidad. El miedo, la segregación, la intolerancia, son los virus que nos enferman como sociedad a la que nos debemos y con la que hemos contraído una responsabilidad desde nuestro nacimiento hasta que dejemos este mundo. Las lanchas neumáticas que pugnan por flotar en las aguas del Mediterráneo están llenas de miedo, de dolor, de odio, de cainismo,... pero también de sueños y de una fe en las segundas oportunidades.


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