La estrategia de la mentira

02.06.2019


Juan A. Flores Romero

   A finales de 2018, el analista político Moisés Naím publicaba en El País un artículo que hacía referencia a la tendencia que existe hoy en día en los medios de comunicación que se resume en hablar de un tema sin saber apenas unas pinceladas de la cuestión de fondo que se trata. Sin duda, puede ser un ejercicio literario, como el que yo pueda practicar en mi web, pero en nada puede honrar a una de las metas del periodismo que es la búsqueda de la verdad. "2018: el año de los charlatanes", un buen análisis de prensa que pudo haber terminado en el fondo de mi cubo de basura. Afortunadamente, pude recuperarlo y releerlo. Es una reflexión que hace meditar sobre aquello que esta sucediendo hoy en día en los medios de comunicación. Cualquiera puede lanzar una noticia y hacer creer a la gente que está ante la verdad más absoluta. Internet ha creado canales de comunicación al alcance de cualquiera y sin ningún tipo de filtro. Todo es consumible, todo vale. Los expertos alertan de que tal bombardeo de información no es sino desinformación; un arma de guerra si es utilizada por los gobiernos. Hay medios que intencionadamente manipulan la comunicación. El auge de las fake news es uno de los fenómenos que forman parte de la comunicación de este siglo XXI basado en la extensión de informaciones que pueden debilitar a un enemigo. ¡Propaga un bulo y rebaña un puñado de votos! Inventa chismes y no preguntes si son verdaderos. Los medios ya nos han educado previamente en el pensamiento "acrítico". Crea una noticia y predica que no hay nada más cierto que lo que dices, sobre todo si cuenta con la bendición de algún grupo mediático.

   Los charlatanes de los que habla Naím son aquellos que ofrecen soluciones simples a problemas complejos. Siempre existieron en muchas sociedades desarrolladas pero hoy, si cabe, cobran un mayor protagonismo. Ante el agotamiento de las instituciones y de los partidos políticos tradicionales, surgen mesías que ofrecen soluciones que a cualquiera se le podrían ocurrir después de una noche de copas. ¿A quién no le apetece acabar con la deuda, ofrecer más ayudas sociales, proteger la cultura, librarnos del mal que nos acecha en forma de delincuentes, de especuladores o de defraudadores?

   Los embaucadores contemporáneos hoy cuentan con tecnologías digitales y, por ende, pueden llegar a mucha más gente. Asistimos a la intromisión de otras potencias en procesos electorales, a la proliferación de noticias que dejan al aire la reputación de muchas personas influyentes. La información, sin duda, es un tesoro en manos de corporaciones que no van a dudar en utilizarlas cuando alguien contrate sus servicios o cuando intente desbancar a alguien del poder.

   Según el analista Moisés Naím, tomando como referencia a The Washington Post, Trump hizo 5.000 afirmaciones falsas en sus primeros 601 días como presidente, una media de 8,3 diarias. Podemos pensar que hay muchos más gobernantes que suelen participar de estas prácticas de desinformación.

   Este dato, si es cierto, nos está indicando que desde una de las instituciones más prestigiosas del mundo están saliendo informaciones que atentan seriamente contra la verdad. Ocurre que esa misma institución puede tener tanto poder como para generar mecanismos que aseguren que esa información no es falsa sino que son otros los medios o instituciones que están intentando acabar con el prestigio de esa que ha propagado las falsas noticias. ¿Quién dice la verdad?

   Tenemos el reto de mantener el tipo en una sociedad que nos bombardea con información y desinformación. Vislumbramos la era del 5 G y luego vendrá la del 6 G y el 7 G. Todo conduce a un dominio de la información absoluto. El ciudadano piensa que estos sistemas se inventan para poner el mundo a sus pies. Nada más lejos. Están ideados para ponernos a los pies del mundo, para controlar nuestros gustos, deseos, intereses... y hasta nuestros sueños.

   Nunca antes fuimos más esclavos de nuestras palabras o de nuestra intimidad; nunca antes estuvimos más decididos a seguir siéndolo.


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