La indiferencia y el vacío

Juan A. Flores Romero
Hemos logrado cotas insospechadas de crecimiento económico, si bien ese incremento ha sido asimétrico dentro de las sociedades y entre ellas. Los epicentros de poder han cambiado y el hombre sigue a merced de los vaivenes de este mundo que basa su progreso en la hiperproducción, la recolocación de empresas y el interés comercial por encima de otras cuestiones éticas como la explotación infantil o el respeto por del medioambiente. La calidad del empleo ha sido puesta en tela de juicio por grandes expertos y analistas contemporáneos. Slavoj Zizek, pensador esloveno muy leído en Europa, planteaba la idea de que "a mayor número de desempleados mayor gente dispuesta a realizar el trabajo por un salario menor", basándose en una idea que aparece en el libro de Steinbeck "Las uvas de la ira". En la última década han sido muchos colectivos los que han exigido más derechos sociales, salariales y laborales, desde los participantes en las Primaveras Árabes a los manifestantes que recorren las calles de muchas ciudades europeas.
Como analiza Alain Deneault en "Mediocracia" se ha banalizado la inteligencia del ciudadano. Los políticos son mediocres o tratan a un pueblo de mediocres con un toque de paternalismo. A las ovejas hay que hablarles en su idioma, es quizá lo que piensan algunos de los que aspiran a la poltrona. Un pensamiento se distribuye en un twit, se utiliza un márketing que recuerda al lenguaje comercial, se compra la intención de voto con mensajes simplistas, oportunos, prefabricados e incluso incoherentes. La mediocracia, por otra parte, no está reñida con la competencia, pero se instala en lo de siempre, en el pensamiento fácil, en la patada a la piedra y seguimos hacia adelante,... No produce cambios significativos ni arriesga de forma inteligente, ni explora otras formas de hacer política o de transformar el sistema productivo o financiero. Ese paraíso en el que se recrea Zizek es el final de la historia, siguiendo la expresión de Fukuyama. Las sociedades avanzadas han generado índices de comodidad y de desarrollo tecnológico sin parangón, pero, como apunta el autor esloveno, "en Corea del Sur el suicidio es la causa de muerte más común entre aquellos que tienen menos de cuarenta años (...) y más interesante aún resulta observar que la tasa de suicidios se ha doblado durante la última década". No deja de ser significativo este dato: vivimos en sociedades acomodadas pero en la que el hombre no encuentra su sitio para dejar de ser una pieza del sistema y comenzar a desarrollarse plenamente como persona. Es una cuestión que también aborda Gilles Lipovetsky en su obra; el aislamiento, la competencia, la idea del absurdo.
En "La era del vacío" el autor francés nos habla del desarrollo del individualismo, un aspecto que ha marcado la vida del hombre occidental desde mediados del siglo XX, que vino de la mano del neofeminismo y otros movimientos reivindicativos de posguerra. En el último medio siglo, hemos pasado de hablar del hombre alienado de Marx o del pesimista de Nietzsche que debe luchar contra esa cultura preestablecida en base a una cultura judeocristiana a otro tipo de humanidad. El hombre de hoy, a juicio de Gilles Lipovetsky, "se parece más al telespectador probando por curiosidad uno tras otro los programas de la noche". Hemos pasado a la sensación de estar dirigiendo nuestros gustos más que a tomar una verdadera conciencia de clase, religiosa o de sexo, si exceptuamos minorías que en los últimos años están alcanzando mayor protagonismo, sobre todo aquellas que polarizan la sociedad. La humanidad de hoy manifiesta "indiferencia por saturación, información y aislamiento". Los medios de comunicación y las redes sociales han logrado adquirir el rol de opio del pueblo, para mantenernos ocupados en una vida en la que son las oligarquías las que siguen moviendo los hilos del devenir histórico.
La indiferencia, según Lipovetsky es una de las características que marcan el pasado y presnete siglo. "El hombre indiferente no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende". Esto puede traducirse en un problema y en un desconocimiento total de lo que somos como sujetos históricos. Añade el autor, "vivir en el presente, solo en el presente y no en función del pasado y del futuro, es esa pérdida de sentido de la continuidad histórica". Las tradiciones, por ejemplo, son denostadas y, en contraposición, se apuesta por un estilo de vida uniformador. A las grandes firmas es más fácil llagar al consumidor si se crea un clima de homogeneización.

Un concepto muy aireado por Lipovetsky es el "narcisismo", que "glorifica el reino de la expansión del ego puro", dejando de lado cualquier vinculación que no esté íntimamente relacionada con nuestros intereses presentes. "Las relaciones humanas, públicas y privadas, se han convertido en relaciones de dominio, relaciones conflictivas basadas en la seducción fría y en la intimidación". En el devenir de estas últimas décadas Lipovetsky observa que el ser humano ya no es hostil ni competitivo sino indiferente. Existe una tendencia a ese desarrollo del "super-yo", que quiere decir que el hombre se identifica con el concepto de éxito saliendo de la manada. Tiene que reivindicar su lugar en el mundo y, cuanto más exclusivos mejor. Hoy en día, los programas televisivos van buscando transmitir que el éxito no está tanto en la excelencia sino en la diferencia. Hemos pasado de vivir a ralentí, en siglos anteriores, a pasar a una velocidad de vértigo. La vida ha de ser intensa, llena de emociones, de experiencias. Estos frutos son cultivados en el paraíso ilustrado del siglo XVIII. Según Lipovetsky, "el culto a la singularidad empieza con Rousseau y se prolonga con el romanticismo y su culto a la pasión".
El narcisismo viene alimentado, sustentado y, en muchos casos, parido por la sociedad de consumo de masas. Esta ya estaba bien asentada en Estados Unidos en los años 20, mientras en Europa aún no se estaba produciendo con la misma intensidad. El hedonismo y la pasión por consumir marcó la vida cotidiana de los americanos de clase media, por eso la clave del consumismo es mantener a esa clase media en condiciones de seguir consumiendo.
Pero esta era del consumo, según el pensador francés, "desocializa los individuos y correlativamente los socializa por la lógica de las necesidades y de la información". Respecto a ese narcisismo asociado a este nuevo paradigma social, "los signos son innumerables: relajamiento en las relaciones interindividuales, culto a lo natural, parejas libres, profusión de divorcios (...), ética tolerante y permisiva (...), explosión de los síndromes psicopatológicos, del estrés, de la depresión: un individuo de cada cuatro sufrirá en el curso de su vida una profunda depresión nerviosa". El individuo narcisista es propenso a la angustia y a la ansiedad atendiendo a la disección de esta sociedad que realiza Lipovetsky.
Otra de las cuestiones asociadas a esta nueva forma de entender la humanidad es la necesidad del sincretismo religioso o probar las nuevas experiencias del mundo espiritual. Los dogmas ya no llenan ni convencen. Hay un boom de la cultura zen, del budismo, de la cabalá,... intentando aferrarse a una fuerza que haga fluir las energías de un ser humano demasiado ocupado en sus quehaceres cotidianos y que no observa una respuesta a sus demandas espirituales. Y la cultura no se queda atrás; "la literatura adopta como tema privilegiado la locura, las inmundicias, la degradación moral y sexual (Burroughs, Guyotat, Selby, Mailer)". Son fruto de una cultura de masas basada en el hedonismo y en el narcisismo.
Todo este panorama va calando en la esencia más honda del ser humano en forma de angustia, de desorden y de inseguridad de la que Lipovetsky dice que "no es una ideología, es el correlato ineluctable de un individuo desestabilizado y desarmado que amplifica todos sus riesgos, obsesionado por sus problemas personales, exasperado por un sistema represivo considerado inactivo o demasiado clemente".
La inseguridad ciudadana ha alcanzado cotas nunca antes conocidas . En Marsella, a finales de los 70, los robos de inmigrantes ya eran proporcionalmente infinitamente superiores a los de los ciudadanos franceses; en España está habiendo verdaderos problemas con los centros que tutelan a menores no identificados. En el caso de Estados Unidos, es la población negra la que destaca en los datos de criminalidad. "También los negros están igual de representados en los crímenes violentos como agresores y como víctimas". Entre la población negra de los 80, el homicidio es la primera causa de muerte entre la población negra, es decir, "los negros tienen seis veces más riesgo de morir por homicidio que los blancos".
La violencia de clase se va diluyendo, cediendo paso a la agresión racista, sexista, una violencia protagonizada por jóvenes desclasados "que destruyen sus propios barrios".
Todo este panorama social está inserto en la sociedad del hiperconsumo. El mismo pensador citado en su obra "La felicidad paradójica" apunta "ha nacido una nueva modernidad: coincide con la civilización del deseo que se construyó durante la segunda mitad del siglo XX". Por tanto, aparecen nuevas expresiones como "sociedad de consumo", "fiebre del confort".

Según la prensa, el 60% de las familias españolas viven por encima de sus posibilidades a día de hoy. Las necesidades básicas están prácticamente cubiertas, pero nace un deseo por consumir y de forma compulsiva . Según Lipovetsky, "nace el Homo consumericus (...) un turboconsumidor desatado", "consulta portales, comparadores de costes",... siempre buscando esa Tierra Prometida en el deseo de un mayor bienestar y confort.
Surge, pues, con las necesidades elementales cubiertas, la sociedad del ocio que contrasta con un índice social de precariedad que se va acentuando desde los inicios de la crisis de 2008.
El hiperconsumo está fuera de cualquier intento de racionalidad y se mueve en el terreno de la "desorganización psicológica", siendo ya parte de la esencia de esa identidad social y un signo de los tiempos, desbancando los movimientos sociales, las demandas de derechos civiles o las manifestaciones religiosas. Todas estas últimas alcanzan una presencia social puntual, mientras el consumo nos envuelve. Uno puede estar realizando una compra por Amazon o Alibabá mientras se desvela de madrugada. El deseo de adquirir bienes y servicios lo tenemos ya muy interiorizado. El mercado hace estudios para adquirir mayor volumen de dinero vendiendo más a más bajo coste. Hay menos margen de beneficio pero el número de unidades vendidas es muy superior.
Todo esto no estaría completo sin hacer mención a la publicidad, una disciplina en auge que exige de creativos y de fuertes inversiones por parte de empresas y corporaciones. En la obra "La felicidad paradójica" se nos pone como ejemplo el gasto en publicidad de una de las empresas más relevantes en el panorama internacional. Coca Cola. "En 1892 -apunta- era de 11.000 dólares, sube a 100.000 en 1901, a 1,2 millones en 1912, a 3,8 millones en 1929". Continúa realizando un estudio de las marcas registradas en Francia desde finales del siglo XIX. "Entre 1886 y 1920, la cantidad de marcas registradas en Francia pasó de 5.520 a 25.000". Y vinculado al producto y la publicidad surge la idea de los grandes almacenes en Nueva York, Londres, París, Madrid,... apostando, según palabras del autor, por "una arquitectura monumental, decoración lujosa, cúpulas resplandecientes, escaparates de colores y luces" para alimentar esa compulsividad en la forma de concebir el concepto de adquirir bienes y servicios. Se podría asegurar que los grandes almacenes trajeron la democratización del deseo", completada hoy en día con esas grandes plataformas virtuales que hacen que pasemos de la categoría de ciudadano a consumidor con un solo "click".
