La vida ante un pedazo de papel

08.09.2019

Juan A. Flores Romero

   La vida no es nada si no está llena de sueños. Hay pocas cosas más sublimes que enfrentarse al vertiginoso precipicio de un folio en blanco, al menos para los que disfrutamos con la escritura. Tal vez más de una vez nos hemos sentado a redactar una carta, una poesía, una nota de disculpa, una carta de amor,... ¡Cuánto cuesta sentir el latido de la primera palabra o la vida entera que supone una frase acertada! Casi siempre me ha costado compartir aquello que escribía; es posible que lo hiciera para mí mismo desde que contaba con apenas diez años. Montones de relatos, poemas y reflexiones se acumulan en cajas de cartón y viejas carpetas porque, como dice Stephen King, uno comienza a escribir para uno mismo. Todos debemos confesarnos de vez en cuando aunque sea frente al papel y aún más cuando el café compartido con otra persona viene corto para romper la membrana de lo que a casi todos nos preocupa y de lo que casi nadie quiere hablar. Escribir es más que un oficio, es un arte en el que la vida juega un papel primordial, en el que la parte activa busca continuamente dejar plasmado aquello con lo que sueña, con lo que se desvela, con lo que ríe o llora amargamente. Cuando alguien se anima a perderse por el sendero de la ficción, no siempre el personaje que tenemos entre manos es nuestro alter ego, ni nos representa; ni tan siquiera tenemos un pensamiento en común con él. Puede encarnar incluso lo que más odiamos del mundo o de nosotros mismos. Pero tal vez ese personaje, con otro nombre, lo hemos conocido en nuestra vida, nos lo hemos cruzado o lo hemos fabricado con nuestras incertidumbres, nuestros anhelos o nuestros miedos. Cada personaje de ficción nos arrastra a lo que somos como personas. Anoche estuve viendo la película "El autor". Confieso que lo que me atrapó fue la banda sonora de José Luis y Pablo Perales. La escuché con atención mientras los créditos se iban haciendo presentes en la pequeña pantalla. Era tarde y ya estaba dispuesto a beber el último vaso de agua antes de acabar en brazos de Morfeo. Tras diez minutos asistiendo a una historia en la que se presentaba a una escritora de éxito frente a un marido que soñaba con ser escritor en los límites de la mediocridad y que no soportaba el éxito de su cónyuge a la que acusaba de hacer una literatura barata, de masas, alejada de los cánones de la literatura con mayúsculas, surgió la chispa. El protagonista sorprende a su mujer engañándole con otro hombre. Decide marcharse de casa y abandonar su trabajo iniciando una carrera "en solitario" para lograr ser un gran escritor. En las clases de escritura creativa, un profesor bastante visceral le descubre la clave de su fracaso. A su literatura le falta vida, sorpresa, pasión, realidad,... le espetó. El protagonista, pues, decide meterse en la vida de sus vecinos, provocando situaciones comprometidas para lograr un material vivo para su novela. El oficio de escritor aparece con toda su fuerza, con toda su crudeza. Aflora en el autor el deseo de obtener destellos de realidad y los descubre en los límites de lo cotidiano, en el vecino inmigrante que pierde su trabajo, que despierta sus miedos; en la esposa que ve cómo su vida se derrumba; en la portera del edificio que está pendiente de la vida de todos porque la suya no le satisface; en el vecino del cuarto que vive solo rodeado de su fortuna y de aquello que le reconforta, alejado de todo y de todos. Esa vida trasladada al papel es la que le está haciendo ser consciente de su potencial ya que para ser escritor solo hay que tener algo que contar. Como se escucha en la película, un escritor siempre será mediocre para alguien, pero nunca puede dejar indiferente a sus lectores. No es necesario ser un buen escritor para iniciarse en el oficio porque éste se engrandece con la pasión que se pone en cada palabra que se escribe, en cada página que se termina.

   Alguien a quien admiro por su profesionalidad y su sincera crítica, me recomendó la lectura de un libro que podría darme claves sobre el arte de escribir. Tras descartar comprar la obra por haber superado ampliamente mi presupuesto estival en libros, opté por acercarme a la biblioteca pública. Tras consultar el ordenador de tan sacro templo del saber, me dispuse a subir las escaleras que dan acceso a la sala uno. Confieso que estuve tentado de coger prestados algunos libros de autores que había leído en otras ocasiones y otros de los que he leído alguna crítica y aún están en mi lista de espera. Pero allí estaba el libro que buscaba. Lo tomé en mis manos y contemplé el conocido rostro de su autor: Stephen King, autor de libros de misterio y terror. No creo que me haya leído más de dos libros suyos en mi vida. Admito que no me atraía especialmente porque siempre me sumergí en otros subgéneros que captaban más mi atención. Sin embargo, este libro me ha estado atrapando estos últimos días. "Mientras escribo" no es una obra de culto pero ofrece muchas claves sobre el oficio de escribir. La propia experiencia del autor sirve de guía para adentrarnos en un mundo en el que la mayoría de los que tecleamos habitualmente con mejor o peor éxito lo hemos hecho desde pequeños, en muchos casos influenciados por obras que hemos leído y nos han impactado. Un escritor, Stephen King, con una infancia y una adolescencia nada fáciles que optó por casarse con el amor de su vida y compartir la crianza de dos hijos, que trabajó como profesor de literatura inglesa y que vivió humildemente durante muchos años hasta que las editoriales comenzaron a llamar a su puerta. Tal vez esa no tiene porque ser la trayectoria de un escritor cualquiera. Es la suya propia y como tal nos la presenta. Lo importante de este oficio es demostrarse que cada mañana uno sigue soñando con crear nuevas historias o reflexionar sobre aquello que ronda por la cabeza, que la escritura es lo que permanece y que, aunque como en los comienzos de Stephen King, vendamos un puñado de ejemplares como para irnos a un burguer o comprarnos unas Coca Colas, ya ha merecido la pena.

   El autor de "It" y tantas obras de terror nos advierte que el escritor debe pasar por la fase de escribir para sí mismo para terminar escribiendo para los demás. La fidelidad a la trama debe ser una de las claves a tener en cuenta pues de ella depende el éxito de la obra entre los lectores. A un creador le puede apasionar algo que ha escrito y, sin embargo, sus lectores pueden permanecer indiferentes. También puede darse el caso contrario; no haber dado con la historia que pensábamos contar inicialmente, pero tener la suerte de haber enganchado a un buen puñado de lectores. Pero, ante todo, tomando las palabras de King "a veces hay que seguir aunque no haya ganas. A veces se tiene la sensación de estar acumulando mierda, y al final sale algo bueno".

   Una de las claves es procurar ser auténtico con el uso de la lengua, entenderla como un elemento natural, como un vehículo de comunicación, que no admite ser forzada y cuya finalidad es atrapar al lector, engancharlo para que se introduzca en la trama. La palabra es fundamental, así como su uso. Y eso, según Stephen King, se consigue con la lectura y con ciertos rudimentos gramaticales. En este sentido apunta que "la gramática es algo más que una lata. Es un bastón para poner de pie a las ideas y hacer que caminen". El uso de la lengua ha de ser, pues, natural, "el lenguaje no está obligado a llevar permanentemente corbata y zapatos de cordones".

   Como tantas otras cosas en la vida, hay que poner a lo que hacemos una pizca de talento y mucho trabajo. En este oficio hay que leer mucho para lograr plasmar aquello que hemos creado en nuestro interior. Creo en la literatura que fluye, en aquella que responde a los dictados de tu inconsciente, en la que logra que se derrame a borbotones las ideas que llevamos dentro por medio de la palabra. Pero esta hay que cuidarla, hay que mimarla. El resto consiste en una labor de descodificación a través del verbo de los pensamientos e inquietudes que nos asaltan a lo largo de nuestra existencia, de nuestra experiencia, de nuestra vida,... como aquel escritor del que comencé hablando al que le faltaba una dosis de cruda realidad para lograr aquello que con tanto ahínco estaba buscando: ser considerado simplemente un escritor.


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