Las llaves de la memoria

17.03.2019


     Juan A. Flores Romero

   En el imaginario de aquella Sefarad que ya no existe sino en las entrañas de la historia y en los folletos turísticos, surgió una leyenda que pone a los judíos expulsados por los Reyes Católicos en 1492 en relación con sus antiguos hogares a los que siempre tuvieron el deseo de volver. Cuando miles de judíos salían por el puerto de Cartagena o por la frontera de Portugal hacia un destino incierto, entre sus pertenencias contaban con sus pesadas llaves que unas semanas antes habían cerrado las puertas de sus casas de Sefarad, unas viviendas que con el vertiginoso devenir de los tiempos se han transformado en otros hogares, en hostales, en restaurantes o en cajeros automáticos. Si volviésemos la mirada a aquel Toledo de finales del siglo XV aún podríamos descubrir aquellas casas que se disponía a abandonar toda una comunidad o que algunos de sus familiares o convecinos, en su mayoría conversos, iban a comprar a precios muy por debajo de su valor para terminar engrosando el patrimonio de una Corona diezmada por la guerra de Granada y por los proyectos expansionistas de sus soberanos. Un mundo nuevo amanecía y centenares de sefarditas formaron parte de él. Quizá por esa expulsión, algunos terminaron en las cortes del Imperio Otomano o regentando potentes negocios azucareros o de esclavos en las costas del Caribe o en las colonias portuguesas, británicas y holandesas, si bien Portugal también optó por perseguirlos más allá de la Mar Océana.

   Mientras las tradiciones sefarditas en el Caribe y en América no mencionan esas llaves, sí se hace en aquellas de Estambul y Salónica posiblemente las dos ciudades que más expulsados recibieron y que pudieron mantener más fielmente sus tradiciones. En Amsterdam, por ejemplo, patria del sefardí Baruch Spinoza, el exilio compitió con las costumbres judías asquenazíes, provenientes sobre todo de la zona de Polonia y Lituania; y en el norte de África, en los que se asentó otra parte de la comunidad de la diáspora hispánica, desaparecieron muchas de las costumbres ancestrales por encontrarse en un territorio islámico mucho menos receptivo que el cosmopolita universo otomano. Lo mismo podríamos decir de las dos ciudades anteriormente mencionadas, aunque realmente el Imperio Otomano apostó por un respeto mucho mayor a las culturas que poblaban su vasto territorio, desde las costas de Turquía hasta las puertas de Viena, en el corazón de Europa.

   Muchos hebreos afincados en suelo turco, especialmente en Sarajevo, Sofía, Salónica o Estambul, fueron manteniendo viva la leyenda de las llaves de Toledo, una llave que ha pasado de padres a hijos y cuya leyenda (o realidad) se mantuvo viva al igual que la lengua, el ladino, sefardí o judeoespañol (a la que dedicaré algún "post"), y la gastronomía, que fueron llevando a lo largo y ancho del mundo, sin hablar de los productos que mimaron por su significado ritual como el pan trenzado y el vino kosher, dos elementos básicos para la cena de Sabbat igual que ocurre con la eucaristía cristiana, pero con distinto significado. La lengua fue quizá -más que las llaves- el mayor tesoro que se conservó y que llamó la atención de algunos españoles que a comienzos del siglo XX viajaban a ese lado de Europa. Muchos se mostraban sorprendidos de aquella forma de hablar con tanta afinidad con el castellano moderno, pero que sonaba muy distinta. Lo pudo constatar aquel ministro Pulido que, en plena dictadura de Primo de Rivera, quiso reconocer a la diáspora sefardí como parte del pueblo español disperso por el mundo.

   La Segunda Guerra Mundial se llevó comunidades enteras de sefardíes en Salónica, Ferrara, Venecia, Amsterdam,... a los campos de exterminio sembrados por Europa. Aparte de los millones de hombres y mujeres eliminados de la faz de la tierra, desaparecieron miles de historias que nos hablaban de llaves, de canciones de cuna, de recetas, de leyendas,... contadas con aquella melosa melodía de un ladino mimado por los siglos de los siglos y que los judíos españoles utilizaron en su día a día puesto que el hebreo había quedado relegado a lengua litúrgica, como el latín, y la mayor parte de la población solo controlaba su escritura como modo de preservar aquella lengua milenaria pero cuyo contenido lingüístico no era otro que el español del siglo XV que cambió para siempre aquel territorio multicultural que los judíos ya habitaban desde antes de la conquista de Al Andalus y muy posiblemente desde finales del Imperio Romano.

   Las llaves del entendimiento fueron las que se perdieron hace más de 500 años si bien pueden ser halladas y recuperadas con el esfuerzo de todos para intentar dotar de mayor dignidad a los renglones torcidos de nuestra historia. Con respecto a las llaves de metal, muchas han sido las historias de personas que han regresado a España en busca de aquella cerradura tragada por siglos de olvido y que es la pieza necesaria para abrir nuevamente un periodo de reencuentro entre todos los hijos perdidos de Sefarad.

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