Las palabras quemadas de Sarajevo

Juan A. Flores Romero
Podría comenzar este artículo planteando una pregunta. ¿Sabías que el 24 de octubre es el Día Internacional de las Bibliotecas? ¿A qué se debe esta fecha y no otra? La respuesta habrá que hallarla en los compartimentos secretos de una mente perturbada que pulverizó siglos de cultura, desaparecidos para siempre, borrados por el asfixiante humo de un incendio provocado como un anticipo del fin de los tiempos en las entrañas de Bosnia. Posiblemente el profesor Nikola Koljevic se sintió así, como un perturbado que perdió el norte cuando ordenó incendiar la gran biblioteca de Sarajevo. La guerra de los Balcanes arrebató cualquier atisbo de dignidad, convirtió la belleza en llama viva, el cálido apretón de manos en duelo de puñales, el tibio roce del pecho de la parturienta en salvaje violación y hedor de fosa. La guerra acabó con el puente sobre el Drina en Visegrado y la avenida de los francotiradores se transformó en una fiera hambrienta en busca de un blanco fácil. El dolor de la guerra convierte al hombre en una alimaña ansiosa de sangre.
La biblioteca de Sarajevo, como tantas otras, estaba considerada un templo de la cultura en Europa. La orgía de odio y sinrazón que asoló Bosnia durante los años 90 hizo que se atacase uno de los símbolos de la pluralidad y el entendimiento: la vieja biblioteca de la ciudad. La imagen del músico bosnio tocando el violonchelo sobre las piedras volatilizadas del vetusto edificio en llamas dio la vuelta al mundo. El instigador de aquella marea de destrucción, el profesor Koljevic, usuario de la biblioteca, fue un hombre afamado por su pasión por la cultura. El edificio construido a finales del siglo XIX con un estilo orientalizante era visto por cierto sector bosnio como un símbolo del poder musulmán en la ciudad. No olvidemos que varias comunidades étnicamente distintas se enfrentaron en este conflicto: ortodoxos-serbios, católicos-croatas y bosnios-musulmanes.
El edificio era un insulto arquitectónico para esa Gran Serbia que quería formarse y con la que simpatizaron inmediatamente muchos intelectuales. Por eso ardió. En aquel aquelarre de llamas y humo, muchos incunables fueron salvados por ciudadanos anónimos. El profesor pirómano no fue otro que el número dos del Partido Democrático Serbio -de tendencia ultranacionalista- dirigido por Radovan Karadzic, otro intelectual que fue responsable de la matanza de miles de compatriotas por el mero hecho de pertenecer a una etnia distinta.
¿Cómo es posible que dos amantes de la cultura perpetraran tamaña barbarie? ¿Es el nacionalismo la carcoma que corroe la sensatez que caracteriza a la persona tenida por culta? ¿Cómo puede el ser humano perpetrar un crimen tan atroz contra sus semejantes y contra su legado cultural? Durante semanas, milicias serbias estuvieron disparando proyectiles incendiarios sobre la biblioteca. Había que borrar todo símbolo de entendimiento y destruir más de dos millones de obras y varios cientos de manuscritos, incunables y rarezas bibliográficas. Un material perdido para siempre, devorado por los proyectiles de fósforo y la mirada envenenada de un profesor amante de la cultura al que la guerra convirtió en un monstruo sediento de sangre y fuego.

El profesor Koljevic, admirado por muchos alumnos por sus amplios conocimientos literarios, se suicidó cinco años después. Sobre su conciencia pesaba la lenta agonía de siglos de pensamiento borrados por uno de los incendios más vergonzosos de nuestro convulso siglo XX. Seguramente que Koljevic leyó muchas veces aquella cita de Heinrich Heine que rezaba: "ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos". Al profesor pirómano quizá le sirvió de estímulo.
Desde 1997, se celebra el Día Internacional de las Bibliotecas; por cierto, partió de una propuesta española. Afortunadamente, el edificio fue reconstruido e inaugurado en 2014 y de nuevo vuelve a ser un símbolo de hermanamiento y pluralidad.