Los nuevos (des)equilibrios de poder: cambio de paradigma.

Juan A. Flores Romero
En los últimos meses, muchas han sido las noticias que han aparecido en la prensa económica relativas a los nuevos polos económicos mundiales (India, China, Rusia,...) y el impacto que provocan en las economía occidentales tocadas por la deuda y la crisis de competitividad. Lo que hace unas décadas apenas era una realidad que tímidamente iba haciendo acto de presencia en el panorama mundial -los emergentes- hoy se ha asentado como una realidad, quizá preocupante para Occidente por cuanto son aquellos los que están comenzando a independizarse comercialmente de aquella Europa y aquella América que producían sin apenas competencia por parte de terceros países o bloques económicos.
Europa está sufriendo una crisis a varias escalas: competitividad, productividad, demografía, identidad,... Hoy en día el debate está en el modelo productivo, en los derechos laborales y en el impacto de la inmigración masiva en unas sociedades aquejadas de problemas de integración, inseguridad,... Mientras tanto, países como India, con un 90% de economía sumergida, aflora como superpotencia y se sitúa a la cabeza en esta suerte de revolución tecnológica del siglo XXI. Una sociedad, por otra parte, definida por el clientelismo político y cuyo buque insignia es la compañía de ferrocarriles -la Indian Railways-, que desde hace 165 años da trabajo a un porcentaje considerable de su población: ¡por cierto, una herencia del imperialismo británico! En los últimos años, se han dado pasos para privatizar y liberalizar este medio de transporte que sigue siendo el preferido de los indios, una población en su mayoría desprotegida, analfabeta y sumida en un rígido e injusto sistema de castas.
Este país, hasta hace poco subdesarrollado, se ha topado con una excesiva productividad y un escaso equipamiento en infraestructuras. Para ponerse al día necesitarían diseñar un plan de carreteras, puertos, aeropuertos,... que ofreciera una mejor salida a sus productos y facilitara el tránsito de profesionales venidos de otros lugares. El gran problema de la India es que hoy en día hay varios polos de desarrollo y un inmenso territorio donde apenas ha llegado ese modelo de vida basado en la producción y el consumo. India no es Bollywood ni sus áreas de tecnología informática. India es pobreza, crisis del campo y una economía de subsistencia que apenas da para alimentar a unas familias que siguen malviviendo en infraviviendas mientras los periódicos sepia no paran de pregonar que asistimos a un verdadero milagro económico en el país de los Gandhi. Tal vez para la clase dirigente, sí. Para los millones de pobres y marginados sociales, no.
China, por su parte, es el gran rival de las economías occidentales. Estados Unidos observa a este gigante con más recelo que a los incipientes emprendedores indios; tal vez porque es una economía más cohesionada. Con una deuda monumental, es también uno de los principales acreedores para las economías occidentales. Una gran parte del pastel de deuda norteamericana está en manos chinas y es por ello que tienen la sartén por el mango. En países africanos como Sudán, Angola o Nigeria, China domina el mercado del petróleo y de las materias primas y ha apostado por una línea de inversión a gran escala. Muchos de los puertos e infraestructuras de un buen puñado de países africanos son financiados por las empresas chinas. Más del 80% de los mercados de materias primas africanas están en sus manos, entre ellos el coltán. Siempre he pensado que, en una economía especulativa como la que vivimos, bastaría con que China subiera el precio de las materias primas para arruinar al mundo entero. La hambruna no es algo superado. Está a un solo click del que quiera especular con los mercados del cereal, la carne o los frutales. Ucrania, por poner otro ejemplo, también está entre los objetivos del país asiático para hacerse con el mercado del grano aunque Rusia se lo va a poner muy difícil. De todos modos, no teman. Una decisión así sería algo puntual y como modo de presionar a sus enemigos comerciales. De lo contrario, todo Occidente nos veríamos abocados a una autarquía insostenible y eso, de momento, no interesa a China pues debemos seguir comprando sus productos en un escenario económico sostenible y siempre tirando de deuda.
La realidad que más asusta es que las empresas chinas están copiando el modelo productivo y empresarial de occidente. Proliferan empresas que rivalizarían en su contexto con el mismísimo Amazon o con la compañía de restauración Starbucks. De hecho ya hay una marca propiamente china que cotiza en bolsa y que está causando furor en el país asiático. Otra cuestión latente es el ciberespionaje, el robo de patentes, la ventaja china en tecnología informática que les puede facilitar el acceso a información secreta de empresas y gobiernos occidentales.
Esta economía que surgió de los despojos de la Guerra Fría en 1989 con la crisis de Tiananmen de fondo (de lo que ahora se cumple 30 años), ha ido copiando el modelo imperialista de una forma sutil. ¿Quién quiere guerras si puedes conseguir tus objetivos de manera pacífica? Tal vez China no tiene que dar salida a la potente industria armamentística de la que Estados Unidos es abanderado oficial. Para el imperio yanqui, si no hay guerras no hay negocio.
El gigante asiático acumula, por cierto, grandes reservas de oro. Muchas de ellas conseguidas en el continente africano pues sus empresas controlan el comercio de una parte importante de este mineral. ¿Es posible que a China le interese una vuelta al patrón oro? Tal vez sería más sensato para todos. Pero desde Bretton Woods, después de la Segunda Guerra Mundial, se adoptó el patrón dólar, basado únicamente en la confianza que generaba la economía norteamericana. ¿Estamos ante un cambio de paradigma? ¿Sigue generando la misma confianza una economía hiperendeudada? ¿Es sensato, por esto, seguir manteniendo el patrón oro? Para China seguro que no. Pero aquellos que alguna vez quisieron apartarse de este modelo tuvieron serios problemas. Si me tocas el dinero, puedes tener problemas, ¡forastero! ¿Recuerdan a Dick Cheney, a George Bush y la Guerra del Golfo Pérsico? Entonces Sadam Hussein amenazó con un cambio de modelo para ejecutar transacciones internacionales. El barril de petróleo se valora en dólares y no en oro. Pero a algunos no les gustó esa idea. Por muy crueles que hubiesen sido con sus poblaciones, a estos dictadores "útiles a la causa"nadie les hubiese colgado. Sadam Hussein recibió durante décadas financiación de los Estados Unidos. ¿Era su régimen en los años setenta mejor que el que le llevó a la horca en los albores del siglo XXI? ¿En realidad era cierto el cuento de que poseía armas de destrucción masiva y de que sus misiles alcanzarían Londres? Me resulta increíble pensar que los líderes de la foto de las Azores no supieran la verdad que se escondía en todo esto: acabar con aquel que nos fue útil pero que se ha convertido en un molesto obstáculo para nuestros intereses.
Otro líder que se replanteó el pago del petróleo y el gas en dólares fue Gadafi, en Libia, otro sátrapa que contó con las bendiciones de los Estados Unidos en sus primeros momentos pero que amenazó con un medio de pagos distinto al dólar, defendiendo a ultranza una moneda única para los países africanos. Muchos de los estados que han amenazado con salirse del patrón de intercambio "dólar" desde el inicio de siglo, han sido blanco de las iras de la administración estadounidense. Véase Irán, Irak, Venezuela y los países del Alba latinoamericanos. Estos últimos quisieron crear el sucre como moneda predominante en este espacio económico. Estados Unidos siempre estuvo alerta para que esto no se produjese. La gran ventaja de la superpotencia yanqui es que pueden fabricar todos los billetes de dólar que quieran. La reserva federal es un pozo sin fondo; incluso la nueva ola del partido demócrata ha manifestado que para atender las necesidades sociales del país e invertir más en infraestructuras lo mejor es imprimir más dólares. ¡Será por dinero! La inflación y la deuda de este país han crecido exponencialmente en las últimas décadas, igual que la de muchos de sus socios, entre ellos España.
Pues bien, tal vez el mundo no tiene un claro enemigo como en la Guerra Fría. Hay tantos enemigos como intereses contrapuestos. Claro, me refiero al mundo occidental, epicentro de la sociedad del bienestar o del sueño americano, dependiendo en qué orilla del océano nos encontremos. La economía es un pulpo con muchos tentáculos. Más bien es una gran tela de araña plagada de interconexiones en la que cada vez hay más puntos de vital importancia.
Los modelos de alimentación propios de las sociedades capitalistas, el impacto del cambio climático en nuestras latitudes y la creciente demanda de las sociedades emergentes están cambiando el paradigma económico mundial. Hace unos años daba miedo pensar qué pasaría cuando cientos de millones de chinos e indios se pusieran a consumir. El día ha llegado. Las grandes cadenas de distribución internacional proliferan en el sureste asiático, especialmente en China. Ali Babá ya comercia con todo el mundo, el día del soltero se ha impuesto en China como una réplica un San Valentín bastante más hedonista. El objetivo es crear ocasiones para incitar al consumo masivo. China ya no es solo productor sino consumidor de sus propios productos, también ha apostado por la inversión en tecnología y hoy está en la vanguardia de la tecnología 5 G que está a punto de cambiar nuestras vida cotidiana. Estados Unidos ha reaccionado declarando una guerra comercial al gigante asiático. Debe reconocer que se ha quedado en un segundo plano y por ello pide a la población un acto de patriotismo saboteando los productos tecnológicos chinos. La guerra entre Apple y Huawei es la versión moderna de las guerras del opio en el siglo XIX. Por cierto, también se inició como una guerra comercial.
Lo único que le falta a China para ganarse el liderazgo mundial es contar con la hegemonía de la industria armamentística. La prensa occidental y los libros especializados se jactan de presumir que la industria armamentística de los Estados Unidos es la más potente del mundo ¿Tal vez tenemos datos fiables de esta misma industria en China? La respuesta es negativa. El gigante asiático puede estar desarrollando un programa armamentístico para asegurarse que ese sueño que inició hace unas décadas y que se mantiene en la actualidad, a pesar de los altibajos, no va a ser saboteado por sus rivales: Estados Unidos y Rusia.
Mientras tanto, la América de Trump ha optado por practicar una suerte de proteccionismo de sus productos. ¿Está en crisis la economía del librecambio? En absoluto. Nunca ha estado mejor. Washington siempre ha zanjado las crisis puntuales de su economía con un capítulo más o menos largo de proteccionismo. A la amenaza comercial exterior hay que responder con la protección de los bienes producidos en el propio territorio. En los años 30, en plena crisis económica se optó por el New Deal. La Segunda Guerra Mundial oxigenó la economía norteamericana y el Plan Marshall no hizo otra cosa que sacar el capital apolillado y miedoso de Wall Street para financiar la reconstrucción del viejo continente. Si Europa se desangra en los campos de combate, fabriquemos y exportemos armamento y bienes de equipo. Se podría decir que a los Estados Unidos les vino bien emprender una guerra contra el eje. Y le salió bien la jugada. Desde entonces, las inversiones en Europa y en medio mundo no pararon de crecer y con ellas, paralelamente, las industrias armamentísticas para mantener la hegemonía militar mundial. La guerra Fría supuso un periodo de fuertes inversiones militares en medio mundo. Había que armas a la mitad de la población mundial por si atacaba la otra mitad. Parejamente, se desarrolló un programa espacial cuyo objetivo principal no era la romántica idea de colonizar nuevos espacios sino de proteger desde el espacio los intereses geoestratégicos (esto lo dejo para vuestra consideración), pero deberíais informaros de los programas militares que existen y cuya finalidad es que las armas de gran precisión orbiten alrededor de la tierra para un posible conflicto a gran escala. Luego Hollywood nos habla de misiones a Marte, de experiencias romántico-filosóficas en el espacio y de los viajes a través de los agujeros negros.
Estados Unidos ha optado por una administración que sigue mimando el sector armamentístico si bien ha tomado la decisión de retirarse de algunos de los escenarios que solo le han dado problemas. Claro, que antes se ha asegurado dejarse allí algunos que otros aliados que puedan sofocar cualquier atisbo de acabar con los intereses occidentales en dichas regiones. Donald Trump ha optado por destruir el sistema de protección social que su antecesor tenía muy avanzado y que supondría apostar por un país más sensible en política social y sanitaria, el sueño del "Obama care". Sin embargo, esta idea puede chocar con los intereses de las grandes aseguradoras y Trump lo que busca es fortalecer a esa clase social alta de la que él mismo forma parte, regalándoles grandes bajadas de impuestos y beneficios fiscales.
Por otro lado, asistimos a una penosa realidad más allá de los intereses de Wall Street. Son cada vez más los condados que reciben vales de comida, pues un sector de su población apenas alcanza para sobrevivir. En la América profunda, en la que por cierto hubo un gran vivero de votos republicanos (igual que en las periferias francesas triunfa la Agrupación Nacional de Le Pen) , una parte considerable de su población se hacina en infraviviendas, en pequeñas casas de madera e incluso en autocaravanas que sirven de residencia habitual. Por un puñado de dólares, muchos trabajan de sol a sol, lavando platos, limpiando coches mientras, los que tienen peor suerte rebuscan en los cubos de basura. Esa es la América de Trump más allá de los tópicos de la guerra de aranceles y el muro de contención de la inmigración ilegal. Claro que, mientras tanto, la competitividad de sus grandes oligopolios sigue en aumento (industrias farmacéuticas, petrolíferas o armamentísticas).
Según Paul Krugman, se sabe que "los programas de protección social generan poder adquisitivo, lo que ayuda a crear empleo rural". Es decir, estas políticas más propias de los demócratas no suponen un gasto sino una inversión para reflotar las deterioradas ecoconomías de los estados que no tienen la suerte de estar situados en ambas costas. La política arancelaria contra los productos chinos va a impactar con fuerza en las pequeñas economías de los granjeros estadounidenses. Algunos de sus votantes ya se han dado cuenta; eso sí, Trump ha prometido ayudas y subvenciones al campo que, por cierto, saldrán de las arcas del estado, fruto, a mi juicio, de una política torpe contra el gigante asiático. Está demostrado: a mayores aranceles a productos chinos, mayores aranceles a productos norteamericanos. Si tú me das, yo te doy. Si tú me quitas, yo te quito. Paul Krugman apuntaba en un artículo titulado "El terrible daño a la población rural" que "los cultivadores de soja estadounidenses exportan la mitad de lo que producen; los cultivadores de trigo exportan el 46% de su cosecha. China, en concreto, se ha convertido en un mercado clave para los productos agrícolas estadounidenses". La rabieta de Trump con China no hizo sino aumentar las tensiones comerciales entre ambos países. Eso finalmente lo pagan los productores, ya que los tributos sobre las importaciones acaban siendo impuestos para las exportaciones. El votante rural ya sabe un poco de las torpes políticas de Trump al menos en lo que respecta al sector de las exportaciones agrícolas, sin embargo ideológicamente se quieren distanciar de las élites de ambas costas a las que tildan de ignorar las demandas y problemas del campo. Apoyar a Trump no es una cuestión pragmática sino ideológica, igual que ocurre en otras latitudes con partidos de corte populista. Pero, a pesar de todo, el éxito o fracaso de Trump se librará, una vez más, en la América profunda.
El presidente tendrá que gestionar bien esa crisis surgida en el campo estadounidense; no será fácil y costará dinero al erario público. Tal vez parte del problema lo resolverá con el poder que le otorgan los medios y tomando a algún colectivo como chivo expiatorio. Es de sobra conocido su afán por fabricar noticias a su medida y su afán por controlar los medios de comunicación a los que tacha de antipatrióticos y contrarios a sus intereses. También se sabe que construye sus verdades a base de recortes de medias verdades mezcladas con los miedos del norteamericano medio. Ha olvidado tal vez que la democracia americana se fundamenta en la independencia de todos sus poderes, incluido ese poder que es hoy en día el de los medios de comunicación. No es fácil tener aprecio a ciertos medios cuando son ellos los que avisan de las irresponsabilidades de este presidente.
Siguiendo en el ámbito rural, los medios han denunciado esa pretensión proteccionista del presidente que desde septiembre de 2018 ya impuso un arancel del 10% a productos importados de China por un valor de 200.000 millones de dólares. Hace pocas semanas subió el arancel al 25% influido por la guerra comercial con Huawei, un conflicto que sin duda afectará a España por los vínculos comerciales de nuestro país con esta empresa asiática debido a la importación de equipos y componentes electrónicos a precios más competitivos que su oponente Apple. Además, en esta guerra es posible que China tenga las de ganar pues controla a nivel mundial más del 80% de minerales imprescindibles para la producción de estos componentes electrónicos. Si China suspendiera las exportaciones de estos materiales, denominados tierras raras, el sector de la electrónica internacional, y por ende estadounidense, quedarían resentidos. Tal vez la solución en ese caso sería una guerra abierta con China por el control de esos recursos, algo que en nada beneficiaría al equilibrio y la paz mundiales. El experto Raymond Torres, colaborador en el suplemento Negocios, de El País, y director de Coyuntura en Funcas, apunta que tal vez la guerra comercial con Estados Unidos podría beneficiar a los europeos por lo que China dejaría de comprar deuda pública a Washington para incrementar la compra de bonos en nuestro continente tan necesitado de financiación (¡y tan hipotecado!). Eso haría mucho daño a Estados Unidos quien tiene un déficit comercial con China por valor de 375.000 millones de dólares (más de un tercio de toda la deuda española). ¡El 20% de la deuda del país que administra Trump está en manos de los chinos! Y lo peor es que esa deuda tiende a crecer debido precisamente a que la economía norteamericana no es autosuficiente. Por eso el proteccionismo de Trump es un error monumental.
Es hora de que Washington se dé cuenta de que ha dejado de ser el polo principal de la economía mundial. La hegemonía es compartida; hay otra potencia que piden el relevo o, al menos, una parte del pastel . Eso no es bueno ni malo. El hecho de que China pise los talones a Estados Unidos no significa que nos vayan a despedazar y ensartar como una brocheta de grillos. China es un monstruo comercial al que se le ha dejado crecer sin prever sus consecuencias a largo plazo. Quizá la superpotencia yanqui estaba demasiado entretenida en controlar los mercados energéticos fósiles, estableciendo alianzas con socios demasiado obsesionados con mantener conflictos encendidos, sobre todo en Medio Oriente. La Guerra Fría supuso una fuente de tensión con la antigua Unión Soviética que desde 1991 terminó subiéndose al carro del capitalismo mientras China practicaba una suerte de economía incipiente de mercado en el seno de unas políticas dirigidas por el estado.
¿Podría asegurarse que el modelo soviético desapareció? No cabe duda de que Rusia y todos sus satélites sí. Sin embargo, la economía dirigida china, sometida al poder estatal, no hizo sino adaptarse a una nueva realidad con las ventajas que ofrecía la economía de mercado pero sin renunciar a sus maneras soviéticas. Al chino medio eso le importa bien poco. Mientras organizaciones como Amnistía Internacional grita contra la tortura y la pena de muerte aplicada en cárceles chinas, los habitantes de una ciudad medianamente desarrollada alaban el estado de bienestar generado por unos dirigentes que, si bien no les dotan de libertades al estilo occidental, sí les ofrecen más y mejores posibilidades de tener una vida digna. China aplicó aquella máxima de Sun Tzu que rezaba "la defensa es para tiempos de escasez y el ataque para tiempos de abundancia".
Con todo esto, podríamos decir que estamos al borde de un conflicto de dimensiones impredecibles. ¿Tal vez solo sea una guerra comercial? ¿Servirá para que todas las potencias se pongan a pensar y en hacer avanzar la tecnología a pasos agigantados? Es la ventaja tecnológica de China peligrosa para la seguridad de países occidentales? ¿Somos conscientes de que los grandes estrategas son los que controlan la tecnología informática? ¿Se puede ganar un conflicto solo con el uso del armamento tradicional?
Todos los siglos han tenido su conflicto. Este no va a ser menos. Es posible que de la mano del mismo podamos asistir a la crisis más importante de la democracia liberal pues se va imponiendo la idea de que el fin justifica los medios y los derechos ciudadanos no son sino un invento que funcionó para un tiempo concreto y para provocar el ascenso al poder de una burguesía que los consideraba fundamentales para su hegemonía y para hacer del mundo un lugar en el que las fronteras y las leyes no supusieran un obstáculo para las inversiones. Ahora estamos en otra fase de esa revolución burguesa. Tal vez habría que llamarla de otra manera. Hoy todo lo que se oponga a esa carrera por la competitividad de los distintos epicentros económicos del mundo no es bienvenido. Los derechos de los trabajadores, las prestaciones sociales, el cobro de las pensiones se supedita a la viabilidad del sistema económico de ese país. Ya no es un derecho asegurado y protegido por ley. En unos años, se va a hacer necesario otro contrato social o terminaremos convertidos en esclavos de un sistema que utilizará a los trabajadores a su antojo para colaborar a un fin mucho mayor: la supervivencia de las grandes estructuras económicas frente al bienestar del ciudadano. Ningún líder mundial actual, apunta Joaquín Estefanía, parafraseando a Steinberg, es admirador de la democracia liberal. Tal vez ya pasó su tiempo en el que este modelo convivió con el del estado del bienestar que poco a poco se diluye como un terrón de azúcar en una taza de café.
