Los sanfermines de Hemingway

Juan A. Flores Romero
Durante estos días de julio hemos presenciando los encierros de los sanfermines 2019. He de reconocer que no soy nada taurino pero siempre he sentido una atracción especial por esta fiesta que todos los años nos hace viajar, aunque no físicamente, a la ciudad de Pamplona. Adrenalina, folclore, ritual ancestral, locura colectiva,... Todos conservamos en nuestro cerebro reptiliano esa inclinación a las pasiones, a hacer aquello que nos satisface, a regresar a los momentos y lugares en los que nuestros más elementales instintos nos hacen conectar con la realidad de las cosas. Los sanfermines vistos desde la más pura neutralidad no son sino una fiestas arcaicas en las que miles de personas se congregan para intentar dar un poco de emoción a sus rutinarias vidas y ganarse algún que otro golpe o, en el peor de los casos, una fatal cornada. Es parte de lo que somos, y posiblemente es parte de lo que, en ocasiones, detestamos de nosotros mismos.
Insisto en la magia de esas fiestas pamplonesas o irundarras en las que un cohete (el chupinazo) marca el comienzo de siete días marcados por el culto al toro, a su poder sobre la naturaleza y al deseo eterno del hombre por dominarlo en una lucha cuerpo a cuerpo. Quizá fuera eso lo que aquel julio de 1922 impresionó por vez primera a Ernest Hemingway y le hizo estar cautivado por ese aura de misterio y de culto ancestral que le convirtió en asiduo a la cita pamplonesa hasta poco antes de su muerte en 1961. Los de 1959 fueron sus últimos sanfermines. Poco tiempo antes de su fallecimiento, él mismo llamaría al hotel en el que solía hospedar para anular la reserva que había realizado meses antes. Ya no tenía fuerzas. Pensó que su vida, marcada por aquel rito, había llegado a su fin. Es posible que agradeciera haber vivido aquella experiencia que recogió en su novela "Fiesta", publicada en 1926, y que ha servido de reclamo para que miles de norteamericanos se den cita en la capital navarra a primeros de julio para disfrutar de unos días en torno a este ritual tan ibérico.
Hemingway había sido un superviviente nato. Fue herido en la Gran Guerra siendo conductor de ambulancias en el frente italiano y participó como reportero en la Guerra Civil Española, un acontecimiento que le marcó y que le hizo granjearse muchas relaciones de amistad. Ernest concebía la existencia como una lucha por la supervivencia y acuñó un estilo de vida marcado por la máxima "el hombre puede ser destruido pero no derrotado". Para más información, puedes consultar este artículo publicado en "El País" en 1989 y una semblanza biográfica de este premio Pulitzer en 1953 y Nobel de Literatura en 1954.
https://elpais.com/diario/1989/07/06/cultura/615679204_850215.html
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hemingway.htm