Un mundo sin humanos

Juan A. Flores Romero
¿Os habéis preguntado alguna vez cómo sería un mundo sin humanos? Toda la historia de la humanidad y, por ende, de las religiones han tratado de dar una justificación a nuestra presencia en este planeta, un mundo creado para el hombre por una deidad que ha ido cambiando de nombre a lo largo de la Historia y de las culturas. Un dios que crea al hombre del barro, o del maíz o que le otorga la vida a través del aliento. Un dios que ha utilizado, si cabe, los cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) para amasar, insuflar un aliento de vida (el ruah de los hebreos), dotando al humano de un alma cocida a fuego para perfilar esa figura de barro o ese ser de maíz que dará sentido a la Tierra. La diferencia entre las religiones está en la materia prima, aunque prácticamente todas ellas utilizan los cuatro elementos para hablarnos de la vida. A lo largo y ancho de la Historia muchos han dotado a Dios de atributos humanos y de sentimientos como la compasión, la soledad, el miedo o la venganza. Así fue en Mesopotamia, Egipto, en Canaán o en las culturas maya y azteca. Dios-Hombre-Tierra, la tríada perfecta.
¿Pero somos conscientes de que esto no será sino un vano recuerdo en la fina capa de arena que cubrirá suaves montañas peladas, depiladas por la erosión dentro de cientos, miles o millones de años? (un suspiro en la historia del universo). Cuando veo las imágenes de Marte pienso que alguna vez el planeta rojo pudo haber sido como la Tierra y que el paso de millones de años ha dejado la estampa desoladora que hoy podemos contemplar, tal vez con sus dioses de piedra disueltos por la erosión. Un planeta que tan solo alberga la tímida sospecha de que un día abrigó vida en cualquiera de sus formas. La imagen de la decrepitud, como una hermosa ciudad desolada por un terremoto o un bello cuerpo con muchas décadas encima. Todo es efímero -pienso mientras observo Marte- pero los seres humanos nos hemos aferrado a una idea de eternidad terrenal manifestada en todas y cada una de las culturas que nos han precedido. La muerte como un compás de espera para otra vida con los mismos placeres que la que dejamos atrás, pero multiplicados por obra y gracia de dioses musculados y con cabeza de animal, atributos todos ellos relacionados con lo terrenal.
Hay un poema muy profundo de Luis Cernuda, titulado "Donde habite el olvido", un verso tomado de Bécquer, y que habla probablemente de esa soledad que deja lo efímero y ese vacío que abre la muerte, llena de interrogantes, mitigados por la fuerza de la fe a la que todos nos sujetamos para no caer en el abismo de lo breve, de la creencia de que "somos para no-ser" o, tal vez, para ser de otra manera muy distinta a la terrenal. Pero el hombre ha creado toda una iconografía en su mente desesperada por no imaginar un mundo sin cada uno de los "yo" que se apagan cada día como velas mortecinas y que van a un paraíso de cifras ocultas en documentos sobre demografía, el verdadero limbo de aquellos que dejaron el mundo. Si existe el limbo, está, sin duda, en un cajón de una oficina de estadística o en etéreos archivos de Dropbox donde duermen nombres, fotos, textos, vidas atrapadas en un puñado de bits.
Luis Cernuda nos introduce en ese mundo donde quedan los nombres y ni tan siquiera eso, piedras y tumbas que marcan el lugar donde antaño apenas quedó un racimo de huesos sin apenas consistencia, la imagen misma de la humanidad, mientras la Tierra sigue girando; pues los nombres es todo lo que quedará de nosotros cuando nos hayamos ido y los recuerdos se hayan disipado en mentes ajenas, nombres que marcan una época y nos hacen tomar consciencia de la finitud de la vida, nombres que ya no serán nada cuando nadie los lea y las colinas se cubran de polvo, nombres que recordarán los últimos que cierren los ojos mientras la Tierra continúe su paseo cósmico.
Un mundo sin humanos es posible porque el ser humano ya nació en el atardecer de un planeta que ya no recuerda su nacimiento y que algo llamado ciencia se empeñó en dilucidar en el ocaso de la Tierra. El ser humano es, queramos o no, parte de este mundo; vive en él, se desarrolla en él, se justifica en él, aunque muchos piensen en escapar más allá de sus fronteras.
Aún no sé si un mundo sin humanos sería mejor o peor, pero seguro que es posible porque hay una inteligencia que nos supera, y así lo ha previsto, y que nosotros nos hemos empeñado en reducir a humanidad con todas las mezquindades que ello supone. Alguien pensó alguna vez en redimir al hombre y mostrarlo en su grandeza y su miseria, un ser humano preocupado por medrar, por pensar que la bondad es sinónimo de estupidez, un hombre ciego ante un hermano que siente compasión del indecente por pensar que está engañando a alguien sin ser consciente de que ese alguien no muestra sino una profunda compasión por un ser tan desalmado. La historia de la humanidad se ha caracterizado por una lucha por la hegemonía de la superficie del planeta. Alguien puso nombre a los ríos, candados a los campos y diques al mar, pero sin ser conscientes de que los elementos son más fuertes que el hombre y que solo están esperando a que el hombre desaparezca para ocupar de nuevo su lugar.
El hombre ha tenido muy poca consideración con la propia Tierra ni por sus hijos más sublimes que ofrecieron su vida por la causa de los que no fueron conscientes de su finitud, quizá porque jamás pasaron hambre en el desierto ni sintieron la única compañía del eco entre las montañas. El hombre, en cambio, se siente redimido en su propio autoengaño, en el lecho de muerte o en la tribulación, pensando que un mundo mejor es posible -sin hacer nada para construirlo- o que saldríamos más humanos de nuestras dificultades, y no acentuando nuestras debilidades. Pero la vida nos muestra la verdadera naturaleza humana: la mentira, el mercadeo, los falsos profetas de lo verosímil devorando una gran verdad arrinconada y vapuleada. Vemos cómo los más ricos saltan del barco en llamas mientras los pobres se ahogan sin remedio. ¿Cómo no iba a morir en la cruz el hijo de la Verdad si es precisamente esta la que tanto aborrecemos y la que hemos sustituido por placeres efímeros, por arrogantes pensamientos contra nuestros semejantes? Alguien entendió en un desierto de Judea el verdadero destino de la Humanidad y sintió compasión por ella porque los arrogantes y los perversos no son sino pobres esclavos de su propia finitud. Un mundo sin humanos fue lo que nos mostró aquella hora nona de una primavera jerosolimitana, un instante en el que el tiempo convivió con las alimañas que azotaron y desangraron la única gota de humanidad que conoció el mundo entre tantos maestros de la ley, furibundos del flagelo y doctores de la indiferencia.
Si la Tierra tuviera consciencia humana, nos recordaría como una urticaria en su piel, tan solo aliviada por una agradable sensación de frescor por parte de aquellos que supieron escuchar en el fondo de su interior como un reflejo mismo del alma de un mundo que giró y probablemente seguirá girando aunque no quede ni un solo atisbo de humanidad sobre sus peladas colinas.